Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara, sola en tu espejo, libre de marido, desnuda en la exacta y terrible realidad del gran vértigo que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo, y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.
Te juré no escribirte. Por eso estoy llamándote en el aire para decirte nada, como dice el vacío: nada, nada, sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo que nunca me oyes, eso que no me entiendes nunca, aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.
Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre, y quémame en el último cigarrillo del miedo al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste con la herida visible de tu belleza. Lástima de la que llora y llora en la tormenta.
No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible, una nariz arcángel y una boca animal, y una sonrisa que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela de tu frente, mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.
Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma, y te quedas inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo de la noche, y me besas lo mismo que una ola. Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás conmigo. Aquí, mujer, te dejo tu figura.
Nada produjeron mis manos a lo largo del tiempo. Nunca sembré, coseché o almacené ningún fruto. No cultivé los campos, no rendí mi sudor bajo los días arduos. No vendí, no gané, no entendí los negocios. La vida brilló para mí siempre afuera, más allá de las tiendas, resplandeciente y solitaria como un río salvaje.
Me dirán: cuál tu oficio, tu forma de ganar el pan. Reprocharán mi dulce dejar pasar las horas como en éxtasis blanco, como sombra en los patios. Señalarán mis libros, mi música, las artes que en vigilia o en sueño suelo buscar iluso. Reclamarán castigo inmediato de mi crimen: mi indolencia aparente en el reino apurado, este apartar los pasos de la vía demente donde se trenza el músculo a la urgencia, al afán de las ruedas, los motores, las alas.
Juzgarán estas manos ineptas, estos ojos abiertos más allá de los lindes del hacer y el luchar. No entenderán la honda soledad de mi inútil condición, mi renuncia anticipada y muda al laborioso mundo que inventaron los hombres sobre la tierra abierta al goce, la delicia del instante en la incierta duración de la vida.
No admitirán mi oficio simple de no hacer nada, —mi tarea magnífica de estar solo soñando– mientras pasan los años y avanza atareada la muchedumbre informe levantando ciudades, apresurando horarios, computando el mañana.
Sólo pienso, es difícil, es también un deber que alguien cuide el silencio, que alguien guarde el rebaño de sus propios deseos al margen del bullicio, del frenético empuje y el trepidar insomne de la gran maquinaria.
Soy un pueblo de manos esperando en la sombra. Soy el desempleado, el vago, el remolón habitante de orillas apartadas y sordas. Otras son mis razones con qué estar ocupado. Hay otro tiempo y ritmo, hay otro espacio último entre las horas ágiles.
—Tal vez, acaso, nunca no hacer nada fue tanto.
Porque al menos la guerra no está entre mis oficios.
Dame una palabra antigua para ir a Angbala,
con mi atado de ideas sobre la cabeza.
Quiero echarlas a ahogar al agua. Una palabra que me sirva para volverme negro,
quedarme el día entero debajo de una palma,
y olvidarme de todo a la orilla del agua. Dame una palabra antigua para volver a Angbala,
la más vieja de todas, la palabra más sabia.
Una que sea tan honda como el pez en el agua. ¡Quiero volver a Angbala!
porque es amada otra vez el comienzo si ebrios de un vino oscuro, poseídos de un fuego oscuro nos damos a los juegos sagrados de la noche para que sean nuestros rostros máscaras que prefiguran rostros y nuestros cuerpos sombras que prefiguran cuerpos. José Manuel Arango